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These boots were made for walking

In diario de viaje on May 6, 2010 by Isabel CZ

Que importantes que son las cosas que te llevan de un lado a otro. Cuando éstas se convierten en casi una segunda piel, deshacerte de ellas es difícil. No vale con tirarlas a la basura o llevarlas al desguace y ya está. Coincidencias de la vida, el señor Del Molino y yo estabamos preparando dos obituarios. El ha jubilado su ZX ésta semana. Y yo he jubilado mis Camper, mis botas viajeras.

Después de 6 años en mis piés, han dicho basta. Las suelas desgastadas de mi andar torcido, la piel destrozada, un talón roto en una fiesta de disfraces en mi casa que tuvo a mi armario como víctima. Empezaban a doler. Y no quería verlas sufrir (y que me hicieran sufrir a mí). Ha sido algo así como una eutanasia.

Salieron de la tienda con buena estrella. Me acuerdo perfectamente del día que las compré. Las paseé por Malasaña en su bolsa de papel, nos acompañaron a revolver en un contenedor de ropa vieja, y a buscar un regalo para Sergio (aquel cartel de Rocky que estuvo tanto tiempo en el salón de Lacoma). Y cuando llegué a Ópera para probármelas otra vez… las botas ya no estaban en mi mano. Tengo grabada la cara de Marta, que decía “¿de verdad has perdido las botas nuevas que te han costado un dineral? Si es que eres…”. Salimos corriendo, haciendo el camino en dirección contraria. Allí estaban, entre carteles de cine en la tienda Gilda, en la calle del Pez. Mis botas de la buena suerte.

Aunque con manchas de pintura, llegaron hasta Italia, y me salvaron de morir de una pulmonía bajo las lluvias torrenciales de Cassino. Y cuando me robaron la maleta, fueron mi única posesión querida que no desapareció en aquel viaje porque iban en mis piés. Desde entonces siempre han viajado conmigo, y han visto mucho mundo: Italia de norte a sur, Bruselas y Amsterdam, Alemania, Inglaterra y Francia. Han cruzado el Atlántico y han llegado hasta Canadá. Pero prometí que no volverían a casa, y así ha sido.

Ahora descansan en paz en una papelera de Times Square. Las he dejado allí, en una bolsa, con la esperanza de que las encuentre alguien y las use o las venda en algun mercadillo o en una tienda del Salvation Army. Y que sigan caminando por Nueva York cuando yo no esté.

(Aquí se acaban los 55 días en NY. Espero que os haya gustado el diario, y que no os aburrais cuando os cuente en persona otra vez las mismas cosas, y gracias por haberlo seguido y comentado, que es lo que mejor de los blogs. Podeis seguirme en solilokio.wordpress.com. Mañana por la tarde, noche en España, cojo el avión de vuelta, y si todo la bien, el sábado por la mañana desayunaré en Barcelona. Como siempre, apetece volver a casa pero da mucha pena que se acabe el viaje. Ahora solo queda pensar el próximo destino…)

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Smells like…

In diario de viaje on May 6, 2010 by Isabel CZ

El otro día alguien me preguntó a qué huele Nueva York, y si algo hay aquí son los olores intensos y diferentes. Si te mueves por el área turística, enseguida se te acostumbra el olfato al olor de la carne requemada de los puestos de comida callejera -que siempre son una buena opción para un almuerzo rápido y económico- y al olor a fritanga de las cocinas de los McDonald, KFC y similares -que nunca son una buena opción-. En realidad, los olores a comida son los que más abundan. Y algunos son realmente deliciosos, como el que sale de las pizzerías, o cuando alguien pasa a tu lado con un café (bien caliente, claro).

Hay otros olores no tan deliciosos, como el del metro (que no sé describir, pero se parece muchísimo al del metro de Barcelona, una mezcla de cosas en descomposición y desinfectante industrial) o el de los propios viajeros del metro, especialmente a última hora de la tarde. También hay otros olores que siguen siendo un misterio sin resolver, como uno que recorre a veces las calles y me recuerda al de la papelera de Zaragoza, o el de las intrigantes columnas de vapor blanco que a veces salen del subsuelo a través de las alcantarillas.

Pero mi Top 3 de olores neoyorquinos es el siguiente:

-El perfume de los hombres y mujeres elegantes y recién duchados que cogen el metro por la mañana de camino a Manhattan. Yo llevo dos meses sin echarme colonia y me muero de la envidia.

-El olor fresco y verde de los parques, un olor vegetal a lo grande como en Central Park, o el olor a flores de los parterres de tulipanes que hay en cada edificio del centro. Además, tuve la suerte de llegar a la floración de los almendros, los cerezos y las magnolias que además de ser bonita, huele de maravilla. Pero me quedo con el olor de los jardines del museo Cooper-Hewitt, una mansión decimonónica de la quinta avenida… el sitio es precioso y la tormenta hizo el resto.

-Y el aroma de la ropa cuando sale de la lavandería. Se parece al olor que hay en la cocina de casa de mis padres cuando mi madre plancha, pero aún mejor. Lo notas cuando pasas por las puertas de las laundromat, pero alcanza el grado máximo cuado paseas por una calle por la que acaba de pasar una furgonea de reparto de la lavandería. Entonces el olor a suavizante flota durante un rato sobre las aceras y parece que caminas entre sábanas recien puestas. Si pudiera llevarme una esencia de NY en un botecito, creo que sería esa.

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Mi parque

In diario de viaje on May 5, 2010 by Isabel CZ

Central Park es gigante y tiene mil cosas dentro, desde un teatro dedicado a Shakespeare hasta un Zoo, pasando por la casa de marionetas, un lago para barcas de verdad, un lago para barquitos de vela de juguete, y una fuente que sale en las películas.

Prospect Park es igual de grande aunque tal vez no tan bonito, pero se pueden hacer barbacoas, hay caminos escondidos y tiene unos árboles enormes -vi uno tumbado por el viento, y os aseguro que impresionaban las raices que tenía- y muchas ardillas. Para ver atardeceres increibles, lo mejor es ir a Battery Park, o al Brooklyn Bridge Park, donde según creemos está el banco del famoso frame de la película Manhattan. También está el McCarren Park, que es un poco más soso pero está en mi barrio y en verano se debe montar allí una gran fiesta en torno a los conciertos de la piscina. Y uno de los últimos parques construidos ha sido el de la High Line, un parque lineal de diseño que discurre sobre las antiguas vías elevadas en paralelo a la 10th avenue. Son geniales sus tumbonas y sus vistas del Hudson.

Todos están muy cuidados, ya que son los más cercano a la naturaleza que muchos neoyorquinos ven en la mayor parte de su vida cotidiana. Y aparte de los parques, hay plazas preciosas y verdísimas que la gente usa como si fueran parques, como la animada Washington Square.

Pero entre todos los parques de esta ciudad llena de parques, mi favorito es Bryant Park. En realidad no se sabe si es un parque o una plaza, ya que solo ocupa media manzana: la otra media es el edificio principal de la New York Public Library. Es tan pequeño que parece que se le van a caer encima los impresionantes edificios que tiene alrededor, como el gótico y dorado Bryant Park Hotel o la torre del Bank of America, mi rascacielos preferido, con su silueta irregular y casi transparente.

El Bryant Park está lleno de encantos y de sillas verdes. Debió de ser un sitio muy elegante hasta que, en los años 30 llegó la depresión y con ella, el descuido de los parques. Además, construyeron una línea de tren elevada en la 6th avenue, y la sombra de las vias y el ruido del tren se cargaron el encanto del lugar. Durante los años 80, según cuenta la Lonely Planet y la propia web del parque, el tráfico de drogas y la presencia de yonquis lo hicieron un sitio poco deseable para el paseo. Pero en los noventa, y con la regeneración de la ciudad en general, llegó también una nueva etapa para el parque, que retomó su “french style”.

Si tienes dinero, puedes cenar algo en el restaurante elegante que hay en la esquina sureste, o beber un coctel en la terraza con balancines que hay en la esquina suroeste. También hay un precioso carrusel, aunque montarse cuesta 2 dólares por apenas cinco minutos, y mesas para jugar al ajedrez o merendar lo que lleves en la mochila. En verano, puedes asistir al festival de cine clásico tumbado sobre el cesped.

La primera vez que pasé por Bryant Park fue, si no recuerdo mal, mi primera mañana en Manhattan. Llovía a mares y aún así, me llamó la atención. Desde entonces, he pasado por allí siempre que he podido. Ayer, cuando lo crucé, estaban limpiando la fuente. Les pregunté a los jardineros y me dijeron que el césped no abriría hasta el fin de semana. Pero hoy, buscando regalos para llevar de vuelta a casa, he pasado y la gente ya había ocupado la explanada verde, y he podido tumbarme en el cesped mullido y húmedo por la tormenta que había caido un rato antes. Por fin, mi parque completo. Mi regalo de despedida.

(podeis ver todas las fotos de parques en el Flickr, y saber más sobre Bryant Park visitando su web: www.bryantpark.org)

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Let’s talk about Williamsburg

In diario de viaje on May 4, 2010 by Isabel CZ

Sabrás que estás en el buen camino hacia Williamsburg si en el vagón abundan los modernos tatuadísimos. Si has cogido la línea L para llegar desde Manhattan, tu señal para saber que estás llegando será que se te taponarán los oídos por la presión del East River que fluye sobre tu cabeza durante unos cuantos segundos. Cuando se abran las puertas del metro y escuches a algún personaje pertrechado de guitarra o saxofón -casi siempre con poco talento musical pero muchas ganas- tocando en el andén, es que has llegado a la Bedford Avenue. Bienvenida a mi barrio de acogida.

Williamsburg no es, seguramente, el barrio más bonito de Nueva York. Tampoco, quizás, el más chic. Ni el más tranquilo, ni el más seguro. Pero es un gran barrio. Sus parques, sus tiendecitas y restaurantes, los puestos callejeros y esa mezcla de “hipsters”, latinos y polacos que lo pueblan. Además, y a diferencia de la mayor parte de Manhattan y el Downtown Brooklyn, aquí son raros los edificios de apartamentos altos, lo que hace que el barrio siempre de la sensación de “cielo abierto” que contrasta con el agobio que produce a veces caminar por la Midtown entre rascacielos. Por supuesto, no todo es maravilloso. La gentrificación oscila sobre el barrio y amenaza con caer sobre él con todo su peso. Como me dijo el dueño de la lavandería un día “ahora llegan los blanquitos aquí, encuentran alquileres que cuestan la tercera parte que lo que vale vivir en Manhattan, y se creen que esto es jauja”. Aun así, sigue siendo patente que el barrio es latino, y apenas necesitas el inglés para comprar en las tiendas o pedir en los bares. Por algo el sur de la Graham Avenue tiene el sobrenombre de “avenida de Puerto Rico”.

La consecuencia de la, digamos, “revalorización del barrio” es, aparte de la abundancia de tiendas de comida orgánica y cafés charming y modernos, que los edificios de apartamentos acristalados comienzan a ocupar el hueco de las casitas de ladrillo con escaleritas y backyard, y que algunos negocios tradicionales empiezan a desaparecer y en su lugar, abren sus puertas las cadenas de ropa y comida rápida. Por suerte, aún no hay ningún Starbucks en la Bedford o los alrededores, pero andan buscando un local disponible. Y ya hace tiempo que en la 6th N Street abrieron un American Apparel, que viene a ser el Bershka estadounidense. Los hipsters, no obstante, a veces se toman la revancha o protestan de formas más poéticas o más prosaicas contra los elementos disonantes: ya sea con las pegatinas de “your condo is ugly” sembradas en cada farola, o a pedrada limpia contra los cristales de las tiendas invasoras.

De momento, la convivencia parece pacífica, aunque seguramente el distrito haya perdido parte de su esencia, de lo que en su día fue un barrio industrial y obrero que los artistas empezaron a usar para instalar sus estudios y lofts, más parecido a lo que es la parte más “profunda” del barrio, en torno a la Morgan Avenue, donde tienes que esquivar enormes camiones que salen de almacenes para llegar hasta el metro. Pero probablemente no va a ser así por mucho tiempo. El otro día alguien comentaba que zonas “antiguas” como el Greenwich village o el Soho siempre van a esta ahí. Su carácter está tan asentado que es difícil que cambien. Pero Williamsburg es un barrio en ebullición, y quien sabe si dentro de dos años tendrá la misma forma y ambiente que tiene ahora. Yo me quedo con la “foto” de estos dos meses, y si tengo la oportunidad, volveré dentro de un tiempo y os contaré si Starbucks y compañía han ganado la batalla.

(Algunas de las fotos de este blog, como la de la casita roja, las ha hecho Álvaro, aunque las que uso aquí han sido en paseos que hemos dado juntos. Y casi todos los enlaces de este post, menos la definición de hipster de la Wikipedia, que no tiene desperdicio, son del blog www.freewilliamsburg.com, una buena guía para no perderse por el barrio y que me ha hecho entender mejor dónde he estado viviendo y tener la ilusión de, en los cuatro días que me quedan de vivir aquí, encontrarme con Bill Murray en el metro…)

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You Are Here

In diario de viaje on May 4, 2010 by Isabel CZ

I used to ask for directions at the street at least three times a day one month and a half ago. Today, three different people asked me for directions at the street (and what’s more important, I was able to answer). It made me feel so nice… Almost a New Yorker 😉

(La foto está tomada desde el ferry de Staten Island, que es la forma gratuita y poco cansada -la versión cansada es cruzar el puente de Brooklyn- de ver la panorámica de Manhattan y pasar cerca de la estatua de la libertad)

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Breakfast & NYT

In diario de viaje on May 3, 2010 by Isabel CZ

En New York, la rutina del café y el periódico no sabe igual que en España. En dos meses, he recorrido varias cafeterías, delis, pastelerías, Starbucks y Dunkin Donuts, y excepto el expresso y el capuccino que tomé en dos locales distintos de Little Italy (el carísimo capuccino del café Roma y el solo de la pizzería de Grand St), el café en Nueva York es, sin excepción, malísimo.

Pero leer el periódico es otra cosa. Mi profe Mary nos recomendó dos tareas diarias: escuchar la radio y leer el New York Times cada día. Y yo me he enganchado a lo segundo. Aparte de ayudarme a aprender inglés, es una buena forma de enterarse de qué cosas interesantes hay para ver en la ciudad y qué es lo que está pasando a tu alrededor aunque tu no lo veas, como la huelga de porteros -que se arregló a medianoche, pero tenía asustada a la comunidad de propietarios de los edificios ricos del centro, que ese día se quedarían sin recibir sus paquetes y su compra, en una ciudad donde nadie parece hacer tareas simples por si mismo, como llevar las bolsas del supermercado o limpiarse los zapatos. Aparte de dar cobertura de la huelga, y dado que se quedaron sin noticia para el jueves, el NYT preparó un reportaje sobre “el misterioso mundo de los porteros”.

El New York Times tiene fama de ser uno de los mejores periódicos del mundo, y da cobertura a todo tipo de noticias, llevando a la portada temas en principio no demasiado transcendentales, pero con grandes historias detrás, como la de la tribu india que consiguió que la universidad de Arizona destruyera las muestras de ADN tomadas en su comunidad hace 20 años después de que una estudiante nativa de la tribu descubriera que las muestras se estaban usando para propósitos diferentes al inicial, incluyendo estudios sobre el origen de la tribu que contradecían las leyendas de sus antepasados.

Eso es lo que más me gusta del periódico, aparte de la forma que tienen de citar fuentes (“como dijo en una conversación telefónica el pasado viernes”, “rechazó contestar a preguntas sobre este tema en un e-mail”, o “en una conversación informal con reporteros después de la conferencia”). Tratan los grandes temas, pero si saltas las primeras páginas, te llevan a conocer cosas curiosas, como la historia de la mujer que cambió Prospect Park, que pasó de ser un parque de yonquis al rival más firme de Central Park, o la del jardinero del parque anónimo que hay cuatro manzanas más abajo, una familia que se ha hecho famosa en la red por las reseñas de libros que escriben desde los padres hasta la nena de 8 años, o la del dibujante que se gana la vida vendiendo dibujos en el metro de la 72 St., el ‘road trip’ que se hicieron el presidente de Estonia y su séquito por culpa de la nube de cenizas de volcan o la torre de Babel que es la gran manzana. La última que me ha cautivado fue el retrato del vendedor de camisetas que detectó el coche bomba de Times Square.

Aunque lo mejor es el periódico de los domingos, especialmente el Book Review, y su diseño tan claro y tan bonito. Cuesta 5 dólares y pesa medio quilo, pero creo que no todos los contenidos están en la web. Además, como comprobamos el otro día, lo puedes encontrar ya a las dos de la mañana en los quioscos, así que no tienes ni que bajar a la calle el domingo por la mañana, lo que se agradece si has llegado el sábado a las tantas…

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Un viaje elíptico

In diario de viaje on May 2, 2010 by Isabel CZ

Si pudieras dibujar la forma de un viaje, algo asi como un mapa psicológico de este algo más de mes y medio en NY, el mio tendría forma de parábola, o de elipse. No sé porqué me ha venido esta metáfora a la cabeza, pero siento que estoy volviendo al mismo punto en el que empecé, pero no exactamente en equidistancia a un centro que no he llegado a tocar.

Parece demasiado pronto para hacer balance del viaje cuando, como me ha dicho hoy alguien, aun no has llegado a la cima. Pero quedan cinco días, muchas cosas que contar, todavía más que hacer. De momento, la tormenta que se avecina inclina la balanza hacia el contar más que hacia el hacer. Así que no os asusteis si en los próximos días esto se llena de nuevas entradas. El viaje se acaba y al diario aún le quedan muchas hojas en blanco.

(La foto de hoy es un atardecer en Battery Park; la he encontrado mientras buscaba alguna foto bonita para enseñaros y la he elegido porque me ha recordado a lo que he leído en el blog de Marta hace un rato)